
Hablando de vegetales tenemos que decir que en junio deja de haber en las huertas las coliflores y, por consiguiente, tenemos que olvidarlas hasta Noviembre. Aún están creciendo las cebollas y los tomates (la “joya” de la corona dietética), pero podemos hartarnos de judías verdes, habas, lechugas, escarolas, espinacas, espárragos (el que acostumbre a ponerlos y ande bien del ácido úrico) y pepinos. Todavía, también, es un poco temprano para los pimientos, pero no para los guisantes ni para las alcachofas, que ya empiezan a ser comunes en los huertos pequeños.
Se terminaron las naranjas y excepto las fresas, claro está, solamente aparecen (aparecieron ya a fines del pasado mes) algunas cerezas, a pagar con cheque en euros, porque no se pueden llevar tantos cuartos como cuestan en el bolsillo. Y de fruta, solamente las manzanas tempranas de San Juan nos dicen como vendrán las golden o las tabardillas, aunque en el sur de Galicia madrugan un poco más por causa de una integral térmica más favorable.
Tenemos que comer muchos vegetales, ahora que los tenemos a mano y en su tiempo, porque son muy buenos y necesarios para la salud. Recordemos que salimos del invierno en el que el cerdo fue el rey, y lo es todo o año. Pero es que si queremos carne, que también hace falta, tenemos la ternera gallega con una indicación geográfica protegida.
Y también, terminado el paro biológico, y excepto que haya una continuada serie de temporales, los precios de los peces se normalizarán, y ya sabemos que se recomiendan los azules, y tenemos las sardinas y los jurelitos, pero a nadie le asquean unas fanecas, un sanmartiño, un rodaballo o un rape a la plancha o como sea. También caerán algunos calamares y otros mariscos que les recomiendo, sobre todo, si los invitan a una comida política donde siempre abundan. Por otra parte, los turistas enloquecen por ellos. Y si pueden pagarlos, yo me sacrifico por los veraneantes, no por ahorrar sino porque soy buena persona.
Y hablando, precisamente, de este mes de junio que viene, y al ver que en la última quincena, y por el verano, va a florecer el verbasco (también llamado gordolobo, que es etimológicamente más correcto) no me resisto a la deformación que surge de andar metido entre recetas. El gordolobo es una escrofulariácea y en nuestra tierra gallega el insigne botánico Padre Merino le dio su nombre a una variedad muy pilosa del Anthirrinum meonanthum. Pues bien, se usó el cocimiento de sus flores para la tisis, las hojas como mechas del candil y las semillas para envarbescar el agua. Pero yo quiero transcribir, literalmente, una receta que tengo en un libro de 1748, de Madama Fouquet:
Para quien huviesse recibido golpe con un palo, ó para curar de una pedrada
Toma yerva que llaman verbasco, ó gordolobo, y harás zumo de ella, y si hay herida, limpia bien la sangre, lavándola con vino blanco, o agua, y después echa en la herida sobre la dicha yerva asi majada el zumo, y atada bien con una faxa, y dexada asi por todo el dia, vereis un milagro.
© OLAF, 2002