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Mi lareira

   
     

No podemos dejar de hablar aquí de nuestra "lareira" tradicional gallega que, como todas las lareiras que en el mundo fueron, fue, y aún lo es en algún sitio, el centro de la vida familiar alrededor de la que, no solamente se encendía el fuego y comía, sino que se hablaba y tomaban las decisiones importantes. Y por la noche, después de la cena, los mozos dejaban la lareira de su casa para ir a charlar alrededor  de otra o de otras que la costumbre imponía por cualquier cosa. En mi aldea, por ejemplo, era casi obligada la visita a la lareira de dos mujeres, madre e hija, ya viejas, que vivían solas y a las que toda la aldea ayudaba. Pero también se iba a otras, "aldeando", donde vivían alguna o algunas hermosas muchachas sin novio conocido, porque las que lo tenían, en días señalados, como los martes y sábados, sus mozos les iban a "llamar a la puerta" con un repiqueteo de la navaja. Entonces ellas salían a la puerta a hablar con ellos, sin candil que los iluminara, que no hace falta para hablar ni hacer alguna otra cosa a tientas.

El lugar donde estaba  mi lareira ocupaba parte del bajo de la casa, que tenía también un piso corrido. Desde ella se tenía acceso al pesebre del establo de las vacas a través de dos ventanas, abiertas en una pared de madera que aislaba las vacas del resto. Por las ventanas se le echaba a los animales la hierba fresca que hubiera traído en un atado cualquiera de nosotros o, en su tiempo, el maíz rareado en las fincas. También, pegada a la leñera y debajo de la escalera que permitía llegar al piso de la casa, había otra ventana que daba al pesebre del pequeño establo de los terneros. Para llegar a la porqueriza había que salir afuera, al cubierto de la entrada, donde una puerta encerraba a los cerdos al atardecer.

El suelo era de tierra y la lareira, naturalmente, de piedra. Mi lareira era de dos piezas de dieciocho centímetros de grueso y muy bien ajustadas. En conjunto formaban unha pieza de tres por cuatro metros. Esta lareira, donde se hacía y mantenía el fuego, estaba en el centro pegada a la pared donde nacía la chimenea de mimbre con su estante alrededor donde pocas veces vi nada en él, como no fuera el candil.

En los lados de la piedra había dos bancos alargados sin respaldo, o con él, donde podía sentarse la gente. También se usaba para este fin un banco pequeño que no tenía sitio asignado y una banqueta de tres piés para que no cojeara. A veces también servía de asiento la artesa de amasar el pan, e incluso encima de ella  alguien podía echar una soñata. Debajo de la artesa se echaban las zuecas viejas.

Detrás de un banco estaba la leñera con los palitroques y tojos secos que mantenían la lumbre encendida. Y detrás del banco más próximo a la artesa se echaba el carro de tojo que serviría para calentar el horno cuando se cociera. Como es lógico, en aquella pared se abría la boca del horno, caleada de vez en cuando, aunque jamás supe por qué se hacía. Debajo de la boca del horno estaba la "borralleira" donde caían las brasas cuando, ya caliente el horno, se limpiaba para meter en él las hogazas  con la pala  y cocerlas.

Como en todas las lareiras, solía haber tres potes. El principal colgaba de una cadena de la "gramalleira" que, al girar, permitía acercar el pote al fuego o separarlo. Era el pote de hacer el caldo y  lleno pesaba lo suyo.

De los otros dos potes, cuando los había, uno de ellos era grande y de boca ancha, lleno de agua, donde se echaban las pelas de las patatas y los vástagos de las berzas para que cocieran. Esa agua se usaba después para hacer la comida de los cerdos, añadiendo siempre salvado, algo de maíz partido, bellotas de carballo cuando las había y, algunas veces, castañas dos meses antes de la matanza. El otro pote era muy pequeño y en él se hervía el agua y "rustría" un poco de unto para hacer las sopas del almuerzo por la mañana temprano, ya preparadas las tazas con el pan cortado muy fino y bien colocado en ellas. De vez en cuando, al terminar, unas gotas de leche hacía el almuerzo delicioso.

También, para hacer vida, teníamos una alacena con el pan y, si había suerte, un queso cortado, leche cuajada si alguno no se encontraba bien, o un trozo de tocino. Y un vertedero con la sella llena de agua de la fuente, y un cazo de hierro para beber apoyado en ella. El agua de lavar las tazas iba por un agujero hacia afuera y caía en el corral de otra casa, ayudando a hacer el estiercol de ese corral que, con el de los establos de vacas, cerdos y yegua se echaba en las fincas cuando hacía falta. Entretanto, se "cocía" en una pila al lado de la casa.

Esta fue una lareira real gallega de otros tiempos igual que las del norte de Portugal, y hablo sólo de lo que conozco. Hoy, en Galicia prácticamente no existen, y en los países lusófonos se llama lareira a lo que los castellanos llaman "chimenea". Yo, en mi chimenea de hoy aún  aso alguna patata, como hacía en la roza del monte, y en otoño algunas castañas. Como decía Epicuro "la verdadera riqueza no consiste en tener muchas cosas, sino en tener pocas necesidades"

Y mirando fijamente las llamas del fuego de la moderna lareira, apergaminado el rostro, acuden los recuerdos.

 
Mi Lareira
 

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